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Un
aldeano de Guernica
Escribo estas líneas al volver del Ardal. El Ardal es un
barranco alcarreño, estrecho en su vértice, que le
une al pico de la Meseta, y ancho en su boca que se abre al llano.
Está al resguardo de la sierra, tiene dos manantiales y una
gran variedad de árboles y arbustos que dan cobijo a corzos,
jabalíes, perdices, conejos, palomas y un abanico de rapaces
de todos los tamaños. Un pequeño paraíso a
menos de una hora de Madrid, y a un kilómetro de la A2, donde
sólo se escuchan el viento azotando las ramas y el canto
disperso de los pájaros. Manu Leguineche tiene su ardal
cerca de allí, se lama La Mata y en el escenario que se abre
frente a su casa de piedra, de estilo inglés, en la falda
de la ladera, se ven los cerros de Hita y La Muela, la Campiña
guadalajareña y la Sierra de Guadarrama. Él dice que
se enamoró de este paisaje al volver de África porque
le pareció estar viendo la llanura etíope con el Kilimanjaro
en medio. Lo cierto es que esta tierra a quien más enamora
es al que viene de la ciudad y sólo ve ventanas y ladrillos
frente a su balcón. Manu me dijo una vez que se quedó
en Castilla enamorado de sus paisajes interminables, de la anchura
de sus vistas, de sus puestas de sol africanas. Es al único
al que le he escuchado comparar los llanos de la meseta alcarreña
con la sabana del centro de África.
De Manu lo he aprendido casi todo, lo poco que sé de periodismo
y lo no mucho más que sé de la vida. He pasado muchas
horas de primavera sentado junto a él, en La Mata, oyendo
cantar al cuco, viendo planear el águila imperial en busca
de su presa y bebiendo buen vino de rioja, mientras sonaba, como
un susurro, el parte de Radio Nacional de fondo. Hablábamos
poco, Manu no dejaba de hojear periódicos y recortar aquellos
artículos que le parecían interesantes, pero todo
cuanto me decía tenía el peso específico y
el valor de las sentencias de los grandes sofistas. La opinión
es libre pero los hechos son sagrados. Esto de escribir
en los periódicos es muy fácil: sujeto, verbo y predicado,
punto, y vuelta a empezar. El buen periodista es como
los árbitros, cuanto más desapercibido pase mejor,
en este oficio los protagonistas deben ser siempre otros.Dios
nos libre del día de las alabanzas. Cuidado con
hacer favores, habrá quien te retire la palabra. Al
principio quieres cambiar el mundo, luego te das cuenta de que todo
lo que puedes cambiar son la cocina y las cortinas del baño
Una tarde vino conmigo y unos amigos a conocer el Ardal, le gustó.
Se sentó a la puerta de la vieja cabaña, donde el
abuelo guardaba las cabras, y hoy se dejan los apeos del huerto,
y asamos unas chuletas. No paraba de mirar a la boca del vallejo,
con la mirada fija en la distancia, como tantas veces le había
visto hacerlo en La Mata, escrutando el paisaje. Al cabo de un rato
me dijo: Nunca dejes de venir aquí, nunca pierdas esto
porque si lo haces te arrepentirás toda la vida. Fue
una tarde feliz. Allí estaban con nosotros, Jesús
Rodrigo, jardinero y protagonista de su último libro El
club de los faltos de cariño, y Pepe García
de la Torre, amigo y también periodista. Antes de marcharnos
Manu me dijo: Este lugar sólo tiene un defecto, la
copa de ese árbol seco se come la mitad de las vistas, deberías
cortarlo. Fue uno de los mejores consejos que recibí
de mi maestro.
Esta mañana, mientras descansaba junto a la puerta de la
cabaña, me acordaba de la recomendación de Manu, de
la suerte que tengo de conocer a una persona como él, inquieta,
atenta, observadora, capaz de ilusionarse con la misma pasión
de un gran proyecto periodístico como del más local
de los sucesos. Pedrito, deja lo que estés haciendo
y vete a buscar a un pastor de Solanillos que ha visto un canguro
saltando entre sus ovejas, lo comentan por los bares de Birhuega,
es la noticia del verano. Encontré al pastor, hablé
con él y me aseguró que después de medio siglo
en el campo sabía distinguir perfectamente una liebre de
un canguro, y éste era un canguro
Seguro que con lo
de las Olimpiadas, me dijo, alguno se lo ha echado a la maleta y
al no poder atenderlo lo ha soltado en el campo.
Manu, como los toreros, es periodista hasta durmiendo. Tiene tal
magnetismo que las noticias, por insignificantes que parezcan, acaban
llegando a él antes que a nadie. Después, es otra
cosa que aprendí de él, es la ilusión del periodista
la que transforma los sucesos en noticias de primera. Durante años,
sin apenas salir de La Mata o de su casa de Brihuega, la ciudad
del silencio como él la llama, ha sido el mejor corresponsal
de cuantos hemos tenido por los pueblos de la Alcarria. No
soy más que un aldeano de Guernica, lo dice a menudo
y creo que es verdad, aunque para mí será siempre
el maestro de las cosas que merecen la pena.
Pedro Aguilar
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