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Gracias
por todo, admirado Manu
"Para ser buen periodista, chaval, tendrás que trabajártelo
a fondo". Esas
fueron las palabras pronunciadas en 1959 por Ernest 'Hem' Hemingway
en la
Plaza de Toros de Calahorra a un jovencito de 18 años, Manuel
'Manu'
Leguineche, que había ido a pedir un autógrafo al
mítico escritor que sería
después su modelo o triángulo de referencia: como
lector, porque "aprendí a
leer con El viejo y el mar y Adiós a las armas; como periodista,
porque
"traté de imitar la costumbre de Hem de moverme de acá
para allá, por las
guerras y las más fuertes vivencias y emociones de la contemporaneidad";
y
como escritor, por "copiar su estilo, que economiza la prosa,
es directo,
claro, preciso y rápido, sin trampas, sin el alambique de
los propios
prejuicios o el retórico deseo de originalidad".
Manu aprendió también de otros maestros, sobre todo
de la mano de Miguel
Delibes, el primero de todos: el periodista bueno se diferencia
del malo
porque, además de poner rostro a las noticias, el primero,
siendo libre y
libro, busca la verdad, la justicia y la conmoción. Y esa
necesidad de
definir, de contar, de medir con honestidad y estilo los grandes
hechos, la
vida, o de escribir la muerte, además de señalar los
desequilibrios del
poder, nos ha servido a los periodistas de punto de referencia.
Yo tuve la suerte de apreciarlo más de cerca por haber realizado
con Manu,
en 1999, un documental para televisión de homenaje a Hem,
a sus amigos los
vascos y a la fiesta sanferminera, en el cuarto centenario del nacimiento
del escritor norteamericano. Entonces comprobé que una de
las muchas
virtudes de Leguineche, escritor de variadísimo registro,
vizcaíno de
Beléndiz-Arrazua-Gernika, coincidía con aquella actitud
de Hem que donó la
medalla de Premio Nobel de Literatura a la Virgen de Caridad de
Cobre, en
Cuba, con estas palabras: "nadie posee nada hasta que lo regala".
Y esa es
la prueba de lo mucho que posee (regala) nuestro admirado compañero
y amigo
Manu: ofreciéndose siempre a los medios con sus miles de
reportajes y
noticias (viviendo para todos los más importantes acontecimientos
sobre el
terreno o librando la guerra informativa por nosotros) y a los lectores
con
sus más de veinte libros.
Escritor de cuerpo entero, o, como se dice por aquí o por
allí, una
extraordinaria "persona humana", Manu ha repetido con
frecuencia cuatro
frases, una de ellas de su "segundo padre", Delibes, y
otra de su "abuelo",
Borges, frases que nos sirven de guía y de descanso a la
presión y la
inercia del periodismo diario: "La vida es lo mejor que se
ha inventado"
porque "la vida está hecha de momentos, por eso no te
pierdas el que vives
ahora" (Borges); "ver amanecer es como ver estrenar el
mundo" (Delibes); y
"por encontrar el silencio, me iría al fin del mundo".
Manu está, ahora, sin
embargo, comienza el mundo porque ha vuelto a sus orígenes;
ha aceptado el
momento, la invitación a la felicidad: tierra, naturaleza,
sencillez,
espontaneidad, sabiduría popular, puertas abiertas... Porque,
después de dar
su segunda o tercera vuelta al mundo, de vivir en el centro o el
volcán del
mundo, en la aldea más global, ha vuelto a la aldea más
local, el Tejar de
la Mata, para transformarla en el centro del mundo, como puede comprobarse
con su libro más cercano: "La felicidad de la tierra".
Manu ha estado durante más de cuarenta años en el
estallido de la guerra, ha
sido intermediario "entre el más profundo dolor y el
olvido", y nos ha
relatado como fueron firmando la paz. Ahora, su querida y siempre
elogiada
tierra vasca, donde, copiando a Unamuno, el verdor resplandece y
casa con el
suelo, espera que escriba ese reportaje soñado por tantos
y tantos
compañeros durante tantos años y con tantos muertos:
el estallido de la paz.
Tuya es la pluma de oro, premiado compañero, tuya es la verdad
y la vida. No
te detengas.
Gracias por todo, Manu.
José Manuel Alonso.
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