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Cuestión
de sensibilidad
Un gran periodista con una memoria de elefante. Todavía recuerdo
su capacidad para retener la información, los datos, para
no olvidar nada que tuviera que ver con el argumento de su crónica.
Era capaz de escribir una biografía de tres folios sin mirar
un papel. Se acordaba de todo y lo enlazaba con maestría
sacando fuego de las teclas de su máquina de escribir. Trabajé
con Manu Leguineche durante casi seis años. Primero en la
agencia Lid, donde se juntaron algunos de los mejores periodistas
de las últimas décadas: Pilar Cernuda, Berta Fernández,
Mariano Guindal, Eduardo Ladrón de Guevara (hoy guionista
de éxito) y un largo etcétera, entre colaboradores
y cronistas habituales. Y Manu era el director, el jefe, el maestro,
el cabezota, el entusiasta, el tímido (timidísimo),
el deprimido, el ausente, el presente, la causa de todos los males
pero también la razón del buen trabajo que se hacía
en aquel piso de la madrileña calle Zurbano.
Después Lid se convirtió en Fax Press, con Manu todavía
al frente, pero ya con ausencias destacadas en el que había
sido su equipo durante muchos años. Pilar Cernuda seguía
ahí, ejerciendo de fiel amiga, de pepita grillo,
imponiendo su cordura y sus nervios en momentos de crisis y de largas
ausencias (de Manu, por supuesto) y admirando como el primer día
al jefe.. Y es que Leguineche, a pesar de todo, siempre
se ha hecho querer: por sensible, por humano, por esconder su corazón
pero enseñar el alma como bandera del ejercicio de una profesión.
El alma del periodista, la que él siempre detectaba en los
aspirantes. Y es que Manu separa el mundo en dos bandos: los sensibles
y los insensibles. Y con él, el periodismo no es otra cosa
que entusiasmo, aventura, disposición, emoción, lo
más parecido quizá al sueño de los estudiantes
de la Facultad de Ciencias de la Información.
Ha sido mi maestro y también la causa de mi decepción
profesional. Con él aprendí ser periodista, sin limites
(nos unía nuestro origen vasco y siempre me dio cancha y
responsabilidad); el problema es que el oasis en el que convirtió
su agencia era eso, un oasis. Fuera de ese ámbito, el periodismo
es muchas veces un trabajo tan rígido y monótono como
el de un contable, inexplicablemente, y donde no se permite ni un
ápice de locura. Me quedo con la visión de Manu, un
tipo tan sensible que quizá por ello nunca ha podido gobernar
su vida personal. Lo mejor de él lo dejaba en sus crónicas,
enviadas desde los lugares más remotos del mundo, en sus
libros, en sus artículos periodísticos. Y en esa mirada
curiosa, brillante y tremendamente humana. La pena es que siempre
la ha escondido detrás de unas gafas.
María Arana
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