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La sombra de Miguel es alargada

Agradezco la amable invitación que me formula la Asociación de Periodistas Vascos para sumarme al homenaje (Premio de Periodismo 2007) que con toda justicia han otorgado a mi viejo amigo Manuel Leguineche.
Porque todo el mundo sabe que es, con mucho, el mejor periodista vasco; que ha recorrido repetidas veces los cinco continentes para zambullirse en la noticia de una guerra, o el acontecimiento político, cultural o humano de turno; políglota insigne que domina todos los idiomas modernos, incluido su euskera natal de Arrazua, ganador de los más codiciados premios: autor de innumerables libros que ya son de obligada consulta para los investigadores, escritos en un estilo que le haría merecer un sillón en la Real Academia de la Lengua.
El título que encabeza estas líneas, La sombra de Miguel es alargada, apunta a la relación paterno-filial entre Leguineche y Miguel Delibes, relación fundamental que pretendo explicar a partir de 1960, año en que conocí a Manu y nació entre nosotros una amistad que ha perdurado como la más fuerte y hermosa de toda mi vida.
Estaba yo a la sazón en la Universidad de Deusto en calidad de Padre Espiritual de los alumnos. Y jugaba con los más íntimos de ellos memorables partidas de mus. A principios de aquel curso se había incorporado un jugador nuevo, recién llegado de Gernika) y formó pareja conmigo. De pronto, cuando íbamos ganando la partida, se levantó y preguntó excitado: “¿Es usted el Padre Arri? Y al responderle que sí, me abrazó diciendo: “Soy Manu Leguineche, lector y admirador suyo…”
Supe que tenía una pujante vocación de escritor y que había hecho sus primeros pinitos periodísticos a la sombra del gran Luciano Rincón en la revista Gran Vía, de Bilbao.
Desde aquel día fuimos juntos cada domingo al barrio de Uretamendi, donde se trataba de eliminar las chabolas para levantar en su lugar viviendas dignas. Y allí trabajaba Manu, con otros muchos compañeros de Deusto, cavando cimientos y levantando muros y tabiques.
Pero al año siguiente, 1961, los superiores de la compañía de Jesús decidieron mi “ascenso” (desde el nivel de la Ría de Bilbao a las alturas de la meseta castellana). Fui destinado a las Escuelas de Cristo Rey, en Valladolid, un internado donde los jesuitas tenían recogido un montón de chicos pobres (algunos sin siquiera familia) y trataban de darles una formación humana, espiritual y profesional.
Manu decidió por su cuenta y riesgo trasladarse a su vez a Valladolid, en cuya Universidad proseguiría sus estudios de Derecho. Hospedado en un pequeño hotel de la ciudad, venía a Cristo Rey casi a diario y manteníamos largas tertulias en mi despacho.
Mientras tanto, yo restablecí mi contacto con Miguel Delibes, director entonces de El Norte de Castilla, con quien me unía la buena amistad que habíamos iniciado años atrás en Sedano. Y ese fue el momento en que le hablé de mi amigo Leguineche. Los presenté y Manu comenzó a colaborar como periodista de El Norte, pateando pueblos castellanos, como más tarde patearía el mundo entero, y ganándose la estima y amistad de Delibes que le había de marcar ya para siempre.
En su último libro, El club de los faltos de cariño, Manu evoca al Padre Arri, “mi profesor de mus y teología, el amigo que cambió mi vida al presentarme a Miguel Delibes”.
Querido Manu, esta presentación la veo ahora en la lejanía de los años como una de las acciones más importantes de mi existencia.
Adelante, pues, y desde la alargada sombra de este verde ciprés delibesiano, lancemos ambos a dos el grito de ¡Ordago a la grande!

Bernardo de Arrizabalaga


 
         
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