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Querido
Manu,
En ti veo el roble de nuestra común tierra vizcaína.
Profundas raíces, dignidad, y una generosa copa que proyecta
una sombra capaz de incluir a todos. Así te siento cuando
echo la vista atrás y repaso tu trayectoria vital y periodística.
Recuerdo cuando te conocí en Madrid al comienzo de la transición
política, en la última parte de los años 70.
Tus fiestas bien regadas de Rioja y multitud de amigos de lo más
dispar en tu casa siempre abierta de Islas Filipinas. Pero ya anteriormente
había sabido de ti desde tu época como enviado especial
en la guerra de Vietnam, que marcó a nuestra generación.
Y, sobre todo, valoré tu afirmación juvenil como vasco
universal, los que han hecho grande nuestro pequeño país,
en tu iniciática primera vuelta al mundo. En una España
asmática y cerrada, "que inventen ellos", y un
periodismo gris y sometido, entendiste antes que nadie lo que ahora
llamamos globalización.
Recorriendo el mundo nos enseñaste a muchos el camino a seguir:
romper los límites del campanario. Creo que siempre has entendido
este salto a lo global desde lo local, sin abandonar nunca lo próximo
pero sin enredarte en falsas ensoñaciones. Y ya no paraste.
Tres largas décadas contando historias interesantes que nos
han ayudado a entender mejor un planeta complejo. Siempre intentando
llegar el primero a los conflictos que luego transmitías
utilizando las voces de los ciudadanos de la calle, alejándote
de las visiones oficiales y del lenguaje diplomático de los
portavoces gubernamentales.
Así has conseguido crear una escuela por la que hemos transitado,
con mejor o peor fortuna, decenas de periodistas de varias generaciones.
Muchos hemos querido ser de mayores Manu Leguineche.
El reconocimiento de la siembra fecunda que representa tu trayectoria
profesional sería suficiente para justificar una vida. Pero
hay algo más importante. Tu enorme humanidad. Tu personalidad
generosa, la amistad sincera que has ofrecido a caño abierto,
tu humildad de no querer ser más que nadie, tu tenaz falta
de protagonismo, tu persistencia en mantener la dignidad personal
y profesional, tu incapacidad biológica para no caer en el
deporte nacional de despellejar al colega. Todo ello te han convertido
en un ejemplar único en la vida y en el periodismo. He tenido
la oportunidad de compartir contigo algunos acontecimientos mundiales:
recuerdo las reuniones entre Reagan y Gorbachov en Ginebra y en
Islandia que iniciaron el comienzo del fin de la guerra fría,
cumbres siempre acompañadas de sólidos yantares -qué
bien se cenaba en Reykavik- tras transmitir las crónicas.
Pero sobre todo no olvido las partidas de mus contigo en las noches
de Cañizares o al abrigo de tu chimenea encendida en Brihuega.
Y ya en los últimos tiempos, valoro especialmente como aislado
pero conectado al mundo, desde tu islote castellano manchego has
sabido seguir contándonos el discurrir de la vida en plena
naturaleza, tan lejos de las crisis internacionales y guerras que
han sido tu imagen de marca.
Agradezco la vida y la profunda humanidad, y también la tímida
ternura, que transmiten tus últimos libros. Sigo aprendiendo
contigo. Manu, no te sientas falto de cariño. Tienes el mío
y el de multitud de amigos que has sabido hacer y, lo más
difícil, conservar, durante tantos años.
Un enorme abrazo
Paco Basterra
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