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LA SEDUCCIÓN DEL ACORDEON

“Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne.
Pio Baroja( Elogio sentimental del acordeón)¿Qué le hubiera gustado hacer que no ha hecho?, le preguntó recientemente un periodista a Manu Leguineche. Contestó sin dudar: tocar el acordeón. Ahí está su estilo vasco, tan querido, tan atrapado en ese viejo instrumento popular que, como el propio Baroja escribe “lleva como el olor del país en que uno ha nacido; recuerda el aire y la temperatura que se ha respirado; es todos los antepasados que se le presentan a uno de pronto”.

Veo a Manu así, en un continuo retorno hacia si mismo, fiel a unos aires populares y marcado por una tierra de la que no ha querido desprenderse. Y ese modo de ser le ha venido muy bien al periodismo de Madrid. Lo ha liderado como quien toca una melodía que sabe muy propia, sin forzar el tono, sin apetecer exagerados reconocimientos que le hubieran privado de ser él mismo. Hoy, pasados más de treinta años, sigue igual que cuando le conocí como director de la agencia de noticias Colpisa: rodeado de amigos y periodistas y alejado del poder. Ha recorrido el mundo como corresponsal; ha escrito numerosos libros, como bien sabemos; pero a Manu le define tanto lo que ha hecho como lo que no ha hecho: no ha dirigido ninguna televisión, no ha dirigido ningún gran periódico, a pesar de haber tenido todo tipo de propuestas; es decir, no se ha sometido a ningún poder político ni empresarial. Ha hecho su propio periodismo. Independiente, original, amplio, descaradamente personal. Y por eso gusta tanto, a tantos.

En cuanto a su carácter, tan huidizo a menudo, tan enrocado en si mismo, ha protegido su talento de escritor. Pocos libros de periodistas de acción, de cronistas rápidos de la actualidad, son tan hondos como el que publicó en septiembre de 1999, La felicidad de la tierra. Parece que se hubiera preparado toda una vida de ir y venir por el mundo, para escribir este tratado sobre la vida sencilla. Sobre la emoción. Y sobre los sentimientos. Y ahora, que le ha tocado parar el ritmo, que tanto tiempo tiene para reflexionar sobre lo vivido, nos echa un órdago con El club de los faltos de cariño.. En esa mesa de mus, en su casa de Brihuega, como si de una nueva casa de Itzea se tratara, llena de libros, de recuerdos, reconozco a un Manu juvenil que me metió en el oficio de periodista. ¡Quien no quiere a este falto de cariño!

Marisa Ciriza



 
         
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