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Mi querido Manu:

Sé que se ha creado una Asociación de Periodistas Vascos cuya primera decisión ha sido nombrarte Periodista de Honor. ¡Feliz nacimiento el tuyo! No he conocido un periodista, vasco o no vasco, que en el breve plazo de unos años convirtiera sus viajes alrededor del mundo y alrededor de todas las guerras habidas y por haber en lecturas obligadas para el gremio de cabezas cultas y el de los apenas iniciados. Te hiciste lectura indispensable para todos. Te convertiste en un creador original que no hacía libros de ficción, ni de guerras, sino de crónicas creativas y humanas de hombres que no se entendían entre sí porque nadie les había enseñado otra cosa. Pero bajo tus renglones subyacían la vida, la bondad y el amor que estaban dentro de ti. Este fue tu hermoso oficio al que tú no añadiste sangre ni crueldad sino al revés, de tal modo que tus libros se vendieron a millares, aunque tú les regateaste el morbo y te manifestaste cauto, sobrio y hermano a todos, hasta que el creciente número de lectores empezamos a ver en ti un mediador del que no sabíamos prescindir, un hombre de bien que nos ponía el mal ante los ojos, pero nos los cerraba para que nos recreáramos en los alicientes de la paz y la vida cotidiana. Cuántos personajes inolvidables, vidas inolvidables (oh, aquel combatiente en una isla solitaria que pasa la vida en una guerra que ya no existía, aquel buen salvaje que nos cautivó convertido, por la magia de tu pluma, en un corresponsal de paz, sacrificado y limpio.
Este es tu secreto querido Legui; enseñar que, en el fondo de sí mismo, los combatientes querrían ser amigos de sus enemigos; que la paz no costaba tanto como los hombres en guerra pretendían demostrarnos.
Entre guerra y guerra escribiste libros luminosos -¡Los mayas!- y esperanzados, sobre una Humanidad que hubiera merecido vivir en paz. Quiero decir que la pasión y crueldad apenas trascendían en tus libros. Tú registrabas seres vivos, convincentes con una prosa constructiva en contra de la tragedia que pretendías pintar. No llegabas a pintarla. Pintabas, posiblemente sin quererlo, el lado humano y positivo de las cosas, de los hombres, como el buen salvaje de tu libro inolvidable.
Así has venido a resumir, querido Leguineche, en tu último libro “El club de los faltos de cariño” –en el que no te corresponde estar- de tus libros bélicos. Ideas, anécdotas, pensamientos, observaciones, que son como el poso que han destilado tantos hermosos libros como escribiste en la vida y que sorprendentemente, sin enterarte ni tú mismo, llevaban el sello del humanista. Tu obra dice bien claro que no te gustaba que te mandasen. Ni mandar. La autoridad sobraba en tu credo.
Te abraza y felicita
Miguel Delibes


 
         
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