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Carta
a un pariente
político
Querido Manu:
Permíteme esta familiaridad de trato ya que es precisamente
un asunto de familia el que anima este saludo mío con motivo
de tu merecido Premio Periodistas Vascos 2007. Porque antes, mucho
antes de que conociera tu rostro asomado en las portadas de El
Correo -siempre en riguroso scoop-, yo tenía ya noticia
de tus listezas e inteligencia, de un intachable expediente académico,
de tu determinación y arrojo a la hora de abrirte camino
en el proceloso mundo del periodismo, de la expectación despertada
por tus primeras crónicas como corresponsal de guerra, de
tus tempranos éxitos profesionales.
Y todo ello, gracias a un allegado familiar al que nos unían
lazos más consanguíneos en tu caso y de parentesco
político, literalmente hablando, en el mío. Él
también, nuestro allegado, salió de su Arratzu natal
y rural para trasplantarse en la Vizcaya metalúrgica y forjarse
en la doma del hierro y el acero. En la misma Vizcaya de donde,
con el tiempo, a mí también me trasplantaron aunque
fuera como temporera durante las vacaciones veraniegas para recuperar
la lengua que generaciones anteriores habían hablado allí
hasta que se perdió hacía más de un siglo.
Como en los juegos y en los cantes de ida y vuelta, quiso el azar
que mi trasplante me llevara a Arratzu, la Arrazua de entonces,
donde nos diseminaron a los hermanos por barrios y caseríos.
Más de una vez, cuando he vuelto por Arratzu , perteneciendo
ya a tu club, el club de los periodistas, tu imagen aparecía
y se desvanecía en mi memoria y, tal vez, me ha asaltado
la idea de que Manu Leguineche fuera una invención como la
que llevó a su homónimo marqués a la serie
cinematográfica de Berlanga.
Pero ahí seguías tú y tu infatigable trabajo,
brindándonos noticias y testimonio desde los frentes y escenarios
más insólitos para desmentirlo. A esos otros mundos,
a otras gentes nos has conducido empotrado, por todo bagaje, en
la generosidad de tus sentimientos y emociones, de tus búsquedas
y reflexiones, tu independencia de criterio, en la solidaridad y
respeto al otro.
En una reciente entrevista te oí decir que una de tus máximas
aspiraciones hubiera sido tocar el acordeón. No quisiera
despedirme, Manu, sin decirte que, sin embargo, nos has ido transmitiendo
un sinfín de músicas allí donde te encontraras
y te encuentras. Desde la ya lejana y rebelde voz de Jimi Hendrix
y su Hey, Joe¡, al eco desolador de los paisajes
después de la batalla cual sinfonía de Shostakovitz
y los cambiantes ritmos de la naturaleza y la vida.
Por todo ello, ¡gracias, maestro!
Arantza de Elu
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