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Éste
es mi Manu
Al hijo de mi amigo Reino -cuando apenas levantaba diez palmos del
suelo- una señora distinguida que estaba invitada a cenar
en su casa le preguntó qué le gustaba. Educadamente,
el niño contestó: A mi me guztan laz tetaz y
las peleaz. Yo creo que a Manu le han gustado (¡y cómo!)
ambas cosas, las tetas y las peleas. Y que, en cierto modo, ha vencido
a ambas, porque logró retirarse, en completa soledad, a su
pueblecito de Brihuega en donde se dedicó ¡cumbre!-
a jugar al mus. Ese es mi Manu.
Manu ha sido bueno en todo; él dice que también en
el naipe (lo decimos todos). Lo asegura quien fue, en tiempos del
viejo director Antonio Barrena, campeón de mus de Euskadi,
como así consta en un trofeo de terracota que conquisté
con Juan Carlos Ramos, alias Piquita, cuando todavía
no había llegado a presidente de las tierras vascas, y que
ahora me sirve para sujetar sus libros (qué mejor destino):
en él uno de los musistas juega sin manos, tras un accidente
de la vida como el de mi buen Manu,
Lo único que no he hecho yo con este hombre es jugar al mus.
Pero llevo 22 años al frente de la sección de internacional
de El Correo y puedo asegurar que he librado con él todas
las guerras y hasta firmado alguna paz. También he hecho
algún negocio. ¡Qué tiempos aquellos en los
que montaba y desmontaba, cada día, una agencia de noticias
para mayor gloria de sus reportajes, a los que maldita la falta
que les hacía! Por eso quebraron todas. Quiero decir que
he tenido el privilegio de vivir sus aventuras en la primera fila
del patio de butacas de este patio de Monipodio en el
que se ha convertido nuestra profesión, y al que tanto amamos,
que sus amigos eran mis amigos y que a él, como a mi querido
Manu Mediavilla, les pilló la primera guerra del Golfo en
el bunker de Sadam Hussein (¡Que en paz descanse!) cuando
los aliados bombardearon denodadamente Bagdad.
Así que también me ha tocado temer por su vida. Ahora
y cuando la enfermedad le dio un severísimo golpe, no lo
suficientemente duro, desde luego, para que mi queridísimo
compañero, forjado en todas las fraguas, se viniera abajo
y arrojara la toalla. Me dice Lucía que estuvieron comiendo
con él y que después se apuntó a la cena. Ése
es mi Manu: un clásico
Yo lo traje en una ocasión a Bilbao con toda la tribu sus
grandes amigos- a unas jornadas sobre prensa que organizo y que
en aquella ocasión estuvieron dedicadas a la guerra y a la
paz, las dos caras, terribles ambas, de un mismo rostro humano.
Recuerdo aún, ahora, los rostros de los Miguel Ángel
-Aguilar y Bastenier-, Lluis Foix, Santiago Fernández Ardanaz,
Felipe Sahagún, Walter Haubrich, Fernando Iturribarría,
Josto Mafeo, Enrique Müller, Valentín Popescu, entre
otros. Su llegada fue como cuando el Papa visita Polonia o Latinoamérica.
Había una multitud intentando besarle la mano y pidiéndole
que les firmara un autógrafo sobre su último libro.
Ése es mi Manu.
De su intervención gloriosa en aquel templo de locos me quedé
con una definición que ha sido mi ley: La respuesta
de un periodista del papel impreso tiene que ser la imaginación,
la búsqueda de nuevos temas, abrir brecha y romper con esa
afición terrible de los jefes de información internacional
a publicar los textos lapidarios de las agencias. Éste
es mi Manu.
José
Luis Peñalva
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