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ON LEGUINECHE
Angela Rodicio

Yo conocí a Manu Leguineche en Bagdad, la mañana siguiente al comienzo de los bombardeos norteamericanos, el 17 de enero de 1991. Estábamos a la entrada del hotel Al Rashid, por el califa de las Mil y una noches. Todavía puedo percibir el olor, una amalgama de azufre -por los resultados de los bombardeos, a saber de qué-, polvo, y fritos grasientos de la cocina del hotel.
Los camareros nos sirvieron los croasanes de todos los días; los zumos de todos los días. Aquella mañana fue testigo de la estampida general hacia Ammán. Manu se presentó, tranquilo y pausado, con las ideas claras. Acababa de transmitir una crónica por el teléfono regular del hotel. A pesar de la debacle general en las comunicaciones de Sadam, él había conseguido transmitir, desde su misma habitación.
Él fue quien bautizó al personal como la tribu, un infausto nombre que, tal vez él lo supiera, cuajó y se ha perpetuado en el tiempo. Ojalá todos los indios fueran como Manu: un dechado de humanidad en su estado más conceptual. Al verle, tan grande, tan risueño y tan vivo, uno tenía la sensación de vivir un poco más; de saber un poco más; de tener derecho a aspirar a un poco más.
El "creador" de la tribu es un solitario. Su enésima, paradójica, pirueta dialéctica. Sé que vive en un lugar de la España profunda y desconocida. Que su casa está forrada de libros. Probablemente leídos; previsiblemente devorados. Como siempre ha cenido haciendo con las historias y con la vida.
Siempre recordaré al maestro con la luz cenital de aquella mañana en Bagdad. A la entrada del hotel Al Rashid, por el califa de las Mil y una noches.


 
         
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