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NOTAS SOBRE MANU LEGUINECHE

Dicen que Manu Leguineche está enfermo, que casi no sale de su leonera en Brihuega, y que no es fácil que volvamos a leer crónicas suyas desde los escenarios más turbulentos del planeta. Pero Manu sigue escribiendo. Sus males son solamente físicos, y no padece esa enfermedad profesional de la nostalgia, a la que son siempre propensos quienes han vivido tanto y tan intensamente como él. Recuerdo haberle oído repetir que ‘ir de reportaje es como meterte en un vendaval y dejar que el viento te limpie las neuronas, arrastrando toda la basura que han ido acumulando durante el trabajo diario en Madrid’.. Los largos viajes permiten reflexionar, la lejanía da perspectiva y el vivir las situaciones límite de guerras y desastres humanos resulta esclarecedor de las cuestiones más profundas. Manu, aunque físicamente enfermo, mantiene esa serena clarividencia sobre sí mismo, sobre todos los de su oficio, y sobre el injusto mundo que no hemos sabido cambiar.

Todas las semblanzas de Manu Leguineche acaban con la misma frase, como indiscutible balance de su vida profesional: el mejor enviado especial que ha dado el periodismo español.. Su biografía está jalonada por las guerras. Nació y creció al rebufo de la contienda civil española, y su profesión le convirtió, a lo largo de su vida, en visitante de numerosas tragedias lejanas pero nunca ajenas. El dolor nunca puede resultarnos ajeno, y por eso Manu se asombra, con tierna perplejidad, de que haya gente que adore la guerra, que crea que la guerra es bonita. Su primera guerra, cuando tenía 23 años, fue la de India y Pakistán. La más larga y repetida, la de Vietnam. Irak fue la última de la que escribió, desde la cercanía de Jordania, cuando las fronteras cerradas aún impedían la entrada de enviados especiales.

Manu nunca buscó aventuras. Más de una vez le he oído contar que empezó a viajar para alejarse. Si Freud hablaba de matar al padre, Manu se conformaba con alejarse de él. Como en aquella manifestación antifascista en que alguien gritó ¡Muera Franco! Y otra voz anónima, mucho más templada, le respondió No, que viva, pero que viva muy lejos. Manu se alejó mil veces de todo, pero siempre regresó. Escogió ser un francotirador del periodismo, sin someterse a la disciplina de las grandes empresas, navegando con libertad en pequeños barcos de papel con los que logró completar las mayores travesías. Seguramente esa libertad le permitió involucrarse más personalmente en los conflictos que narraba, y no ser un mero notario de injusticias sino un testigo de la acusación. Ante la tragedia, Manu siempre supo recurrir a la vacuna de un humor dulce. Ahora, repasando los recuerdos mientras permanece varado, ríe con arrolladora franqueza al escuchar de otra boca sus propias anécdotas. Y suelta una carcajada cuando le digo que su mejor pie de foto no llegó a escribirlo, sino que lo puso de viva voz al verme retratar a un soldado sudvietnamita que escribía una carta acurrucado bajo un carro de combate, durante el cerco final de Saigón: Adorada Flor de Primavera, vamos de culo.

Tal vez estos días interminables, desgastado físicamente por la enfermedad, le inviten a hacer balances y sin que nadie le pregunte, traza uno definitivo: Creo que he sabido aprovechar mi vida. Humilde, modesto, al cabo de tantos viajes arriesgados, de mil artículos, de medio centenar de libros, de docenas de premios, de lo que mejor podría presumir este maestro del periodismo es de la legión de amigos que ha sabido hacer y mantener, compartiendo sentimientos y convicciones. Por eso, en vez de soñar evocar parajes lejanos y momentos de tensión, cuando le pregunto a qué lugar del mundo le gustaría viajar, Manu responde que a una llanura de Castilla, para pasear y ver amanecer junto a Miguel Delibes.

Vicente Romero



 
         
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