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Querido Manu:

Hasta que te conocí a finales de los ochenta en Santiago de Chile tus libros me acompañaron en muchos de mis viajes. Antes de apagar la luz después de jornadas maratonianas documentando los desmanes de la historia me sumergía en los relatos escritos por un humilde sabio que ha hecho del viaje “el camino más corto para conocerte a ti mismo”. Muchas veces me quedé dormido acunado por tus palabras.
“Llámame Manu, coño”, me dijiste el día que me dirigí a ti por primera vez con un “Señor Leguineche”. “No hace falta que te presentes. Sé quién eres porque te leo desde hace tiempo en Heraldo de Aragón”, me respondiste dejándome sin palabras y aliento.
El Dios de las pequeñas cosas del periodismo, galardonado con los principales premios, el hombre que se había convertido en la brújula de tantos recién licenciados, conocía a un joven informador que trabajaba para un diario de provincias. “Recibo cada día Heraldo de Aragón y otros diarios regionales y los leo con devoción porque en ellos se publican las noticias de la agencia que dirijo y, además, son fuente inagotable de historias cotidianas y de gran periodismo”, me aclaraste a continuación.
Luego visité tu despacho en Fax Press y tu casa en Brihuega. Las mesas siempre estaban atestadas de periódicos desmenuzados. Las noticias y reportajes recortados yacían en unas grandes cajas, almacenes de ideas para tus siguientes libros, que aparecían regularmente repletos de citas gracias a esa exquisita curiosidad que siempre has tenido desde que con poco más de veinte años diste tú primera vuelta al mundo.
Cuando te visitaba camino de Zaragoza siempre te encontraba inmerso en tu mundo de papel, escribiendo artículos para la agencia, corrigiendo las pruebas de tu último libro, preparando tus siguientes viajes. “Prepárate una copa y espérame en el jardín que ahora bajo”, me decías.
Hace un par de semanas me adentré (no te pedí permiso porque estabas durmiendo) en tu despacho poco después de levantarme. Ojeé tu mesa de trabajo. Había libretas con tus apuntes. Libros en diferentes idiomas, recuerdos de lejanos viajes, muchos recortes de periódicos y revistas atrasadas. Un extraño orden había sustituido la gracia de aquel desorden intencionado. Como si el mundo se hubiese detenido en aquella habitación dos años antes.
Bueno, Manu, ya has regresado de un nuevo viaje aunque esta vez el trayecto ha sido duro y escabroso. Has vuelto a publicar un libro, “El club de los faltos de cariño”, al que no perteneces por deseo generalizado de la comunidad periodística, ya das entrevistas a los medios, apareces con un atractivo “look” de hombre de roble, recibes más premios merecidísimos, te atreves a salir a cenar a tu restaurante favorito, estás de nuevo en el candelero, en el camino más corto para volver a brillar en el firmamento de los grandes periodistas de este país.

Un abrazo
Gervasio Sánchez



 
         
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