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Querido Manu:

No debería repetirte eso que tú y todos los compañeros que te admiramos sabemos sobradamente: que has sido un maestro para todos nosotros. Dicho lo que no quería decir por obvio paso a decirte lo que nunca te dije.
Cuando yo era muy joven y tú también, pues debemos ser más o menos de la misma generación, me dio por decir recién salida de la Escuela de Periodismo que la objetividad no existía. Naturalmente se me acusó entonces poco menos que de “apóstata”, pues uno de los sacrosantos principios que nos enseñaron era que el periodista tenía que ser objetivo, algo así como si los de nuestra profesión pudiéramos ser unos espíritus nobles capaces de analizar la realidad y mostrarla como un producto puro de laboratorio.

Yo sentía entonces, y continúo defendiéndolo ahora, que son dos conceptos muy distintos la objetividad y la honestidad. Una cosa son las cifras, los datos y las estadísticas y otra como se procesan a través de nuestras vísceras, nuestra cultura y nuestra propia ideología. Lo tuve muy claro en la guerra de El Salvador en 1982 cuando descubrí junto a una periodista mexicana un vertedero de cadáveres en las afueras de San Salvador. El hecho era evidente cientos de jóvenes con el tiro en la nuca pero la versión que dábamos los corresponsales extranjeros no tenía nada que ver con la que ofrecían los medios oficiales. Para los periodistas progresistas aquello fue la masacre que el ejército salvadoreño cometió contra campesinos y jóvenes estudiantes, para el ejército local eran subversivos que debían ser exterminados a ser posible junto a algún periodista de esos que tenemos afición por ponernos del lado de los guerrilleros.

Esta y otras muchas historias las he contado cada vez que me han entrevistado y siempre alguien me replicaba que decía aquellas cosas por exceso de juventud y apasionamiento. Cuando años después te conocí en Televisión Española, donde dirigiste magníficos documentales, te oí comentar algo parecido, y sentí que por fin sintonizaba con alguien que hacía un periodismo valiente y comprometido. Así que ya no me sentí tan sola, querido Manu.
Por entonces tú ya habías escrito magníficos libros, de los que hemos aprendido todos tus colegas, pero yo siempre recordaré uno de los primeros en el que contabas que el camino más corto es siempre el más largo, algo así como recorrer el mundo… magnífica recomendación que no he dejado de seguir toda mi vida, mi muy querido Manu.

Carmen Sarmiento



 
         
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